Cuando la esperanza está en el cielo (I)

2220. Planeta Tierra. Esperanza de vida: 105 años. 85 % de la población adulta. 100% de la población estéril. No hay posibilidades de reproducir la especie, ni por medios naturales ni a través de la ciencia. El último recién nacido ya tiene un año. Sin noticias de nuevos embarazos. O quizá sí…

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Las nubes olían a agua, el aire, suave pero frio, no dejaba apenas parpadear. Desde allí arriba te sentías el rey del mundo, un ser superior que podía decidir cómo manejar los hilos de las vidas ajenas. Sobrevolando la isla entre grandes montañas, daba la sensación de ir a cámara lenta, el tiempo se paralizaba por momentos, nada se movía allí abajo, excepto el mar, siempre con ese ímpetu de quién quiere arrasar con todo lo que encuentre a su paso.

Mientras buscábamos la manera de aterrizar (pocas planicies lo permitían), yo gastaba los segundos pensando qué nos encontraríamos en tierra firme. La misión acababa de empezar y tampoco nos habían dado muchas explicaciones acerca de quién nos ayudaría a llevarla a cabo. Unas cuantas provisiones embutidas en una minúscula mochila, un GPS con la batería bien cargada, y el globo aerostático que flotaba y se deslizaba entre las nubes, era lo único que teníamos Walter y yo.

Las instrucciones eran claras: encontrar el último ejemplar de recién nacido en la tierra. Tras cientos de investigaciones y experimentos fallidos, y ante la completa desprotección por parte de gobiernos y organizaciones, la ciencia había puesto en peligro la supervivencia del ser humano. Éste, ya hacía décadas que no podría reproducirse por sí mismo. Fue necesario recurrir a la ciencia para poder alargar la esperanza de vida de los que aún vivían, mientras se intentaba encontrar una alternativa “in vitro” a la reproducción natural. Pero la falta de moral y la complejidad de los proyectos que se llevaban a cabo, en que los recién nacidos eran sometidos a duras pruebas químicas, desencadenó una serie de fracasos que no estaban teniendo en cuenta la amenaza para la propia especie, que se iba extinguiendo a pasos agigantados. Y tal fue la desproporción de los experimentos, que se llegó a la incapacidad de reproducir nuevos ejemplares a un ritmo mayor del que se acababa con ellos. Hasta que murió el último recién nacido.

Ante este panorama, y tras una pista anónima que nos pareció bastante fiable, un pequeño grupo de investigadores decidimos buscar en una isla virgen del Pacífico el rastro de lo que era la última esperanza del ser humano. Si la encontrábamos, salvaríamos la especie. Si fracasábamos, no había marcha atrás: la humanidad no duraría más de otro siglo.

CONTINUARÁ…

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