Música en el metro

Ayer viví una escena que, sinceramente, me emocionó. Después de una reunión larga e intensa de trabajo en pleno centro de Barcelona me dispuse a coger el metro en Liceu. Eran las 11:30, tenia por delante unas 10 paradas y como es constumbre, ya me estaba preparando, botella de agua en mano, para soportar la tortura que supone coger el metro en verano: un calor sofocante en el andén, multitud de gente en el interior, el estrés de todo el mundo al salir del vagón y embotellarse en los pasillos…Cuál fue mi sorpresa cuando comprové que el metro iba medio vacío, tanto que me pude sentar (¿dónde estaban los turistas?).

Estaba ensimismada en mis propios pensamientos cuando me pareció escuchar música de fondo, que venia del vagón de al lado. Ya están por aquí los rumanos con su acordeón, pensé. A las dos paradas se pusieron a tocar muy cerca de donde yo me encotraba; eran dos hombres, uno con el acordeón  y otro con su guitarra eléctrica. Con una envidiable sonrisa en el rostro empezaron a tocar. “Qué tiempo tan feliz” fue la primera pieza, una canción sin duda alegre, que me hizo sonreir. Con lo cansada que me sentía (mentalmente) agradecí más que nunca ese momento, que ya había vivido en otras ocasiones pero mi estado de ánimo quizá no me hizo valorarlo tanto.

La segunda canción, no recuerdo el título, era de Santana, indudablemente. El hombre de la guitarra se marcó un solo que me puso la piel de gallina. Y en eso que, de repente, fuí testigo de la escena que me emocionó. Justo al lado de los músicos había otro hombre, extranjero, con una guitarra enfundada colgando del hombro, que al escuchar la segunda canción no se lo pensó dos veces y abrió la funda. No sacó la guitarra, sino una armónica, y se puso a acompañar a los otros dos con un entusiasmo casi tan grande como ellos. Nunca había vivido una escena así en el metro, y me encantó. Los tres músicos estaben viviendo el momento con tanta naturalidad y alegría que era inevitable contagiarse. Y he de agradecérselo porque consiguieron aliviar mi dolor de cabeza, hacerme el trayecto mucho más agradable que de costumbre, y en definitiva, alegrarme el día.

Al final, el bohemio ya bajaba en Sants (a saber qué tren cogería), el del acordeón pasaba con el vaso mientras el de la guitarra seguía tocando, y yo hice lo que nunca había hecho: darle unas monedas. No por compasión, ni pena, sino para agradecerles esos 5 minutos de música.

En el metro te puedes encontrar grandes artistas, los músicos del metro se merecen mucho más que limosna. Las oportunidades escasean hoy en día, pero dá gusto ver cómo algunos trabajan a diario, y con una sonrisa permanente, para ofrecernos lo que mejor saben hacer.

Aprovecho para dejar un enlace sobre este tema, realmente interesante

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