Desde mi ventana

Hoy es un día gris, demasiado gris. Es como si una cortina de humo espesa e impenetrable hubiera cubierto el cielo y se paralizara para siempre. Nunca entenderé los días grises, y menos en invierno. Cuando hace frío debería brillar siempre el sol, todos estaríamos alegres, contagiando sonrisas y buen humor. El cielo azul intenso nos daría una sensación de eterno bienestar y nunca caeríamos en la tentación de encerrarnos en la tristeza. Pero os imagináis un cielo azul que derramara lluvia? Que llorara pero de alegría, refrescando las calles, alimentando bosques y ríos, limpiando miradas. En un día soleado y lluvioso nadie llevaría paraguas, quién se taparía de una lluvia soleada? Solamente los que se protegen del sol.
Pero los días grises existen, fríos y grises, como el de hoy. Miro por mi ventana y el cielo pesa, ni un rayo de luz se filtra entre los algodones, que se deshacen de tristeza y humedecen el aire y la tierra. No se ve a nadie recorrer las calles, también grises y llenas de lágrimas encharcadas. ¿Quién querría pasear en estas condiciones pudiendo mirar por la ventana? ¿Quién se arriesgaría a mojarse los pies de tristeza si desde la ventana se ve caer? Yo misma podría salir ahora mismo de mi refugio, andar de puntillas y dejar que las gotas resbalaran por mi cara, contagiarme del gris del cielo y llorar mientras camino, pero ¿para qué? Pudiendo saborear desde mi ventana el placer de ver cómo el cielo llora mientras yo sonrío esperando al cielo azul…

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